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Bailando en el Titanic: cómo (y por qué) seguir riéndose de la política argentina


Pablo Corso

A casi cinco décadas de su salida, la revista Humor sigue siendo un faro para el abordaje desprejuiciado de la escena nacional. En esta nota, cinco especialistas reflexionan sobre las claves y el legado de la revista, con las rupturas y continuidades que el humor político atravesó durante los noventa, el kirchnerismo y la era libertaria.
Bailando en el Titanic: cómo (y por qué) seguir riéndose de la política argentina

Cuando era chico, Ariel Tarico quedó prendado de la tapa de una revista. Tenía la caricatura de Carlos Menem y Zulema Yoma. Se estaban agarrando de los pelos. "Los Pimpimenem", había titulado Humor sobre las desavenencias del matrimonio presidencial. Aquel niño no podía creer que existiera algo así, tan agudo y descarado. De vuelta en casa, sus padres lo bajaron a tierra: había -advirtieron- ciertas cosas que no podía leer. La revista no solo provocaba; también despertaba preguntas.

Llevaba más de una década haciéndolo, con un período especialmente álgido. Entre 1978 y 1983, Humor Registrado (Humor para la posteridad) había sido mucho más que periodismo y entretenimiento: una lectura corrosiva de la política y la sociedad, insólitamente posible mientras al país lo atravesaba una dictadura que no dudó en censurar expresiones mucho menos ofensivas.

Desde Ediciones de la Urraca, el dibujante Andrés Cascioli (1936-2009) fue el ilustrador y director de un equipo con nombres que quitaban el aliento. Redactores punzantes y comprometidos como Alejandro Dolina, Dante Panzeri, Gloria Guerrero y Osvaldo Soriano; dibujantes geniales y valientes como Fontanarrosa, Crist, Altuna y Grondona White.

A pesar de cierta tendencia a mirar el mundo desde arriba, en particular a los personajes populares (Isabel Sarli, Sandro, Mirtha, Reutemann), el público los premió con una fidelidad intensa: un correo de lectores caudaloso, interpelación permanente, ediciones agotadas. Habían expandido las fronteras de lo posible con una agenda que abarcaba el feminismo, el humor negro y las críticas al autoritarismo.

Diego Igal, autor de Humor: nacimiento, auge y caída de la revista que superó apenas la mediocridad general (Marea), recuerda que fue un in crescendo.

-La revista comenzó con críticas tibias y centradas en la política económica; luego sumó la represión cultural, y más tarde la cuestión política y el retorno democrático. Se puede ver lo mismo en las caricaturas, que agudizaron trazos y particularidades. Si se miran las tapas, que era todo un editorial, la cuestión país alternaba con la farándula o el mundo del espectáculo. A partir de la derrota de Malvinas todo se precipitó, y Humor lo aprovechó en todo sentido: sumó contenidos y afinó lápices.


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DIEGO IGAL

Ese arco había empezado con historietas sobre la inflación y la "plata dulce", o caricaturas de Bernardo Neustadt, para terminar pegando de lleno en el centro de flotación castrense, como la tapa contra Videla en diciembre del 1979 o el Proceso representado como el Titanic en diciembre de 1981.

A pesar de décadas de análisis académicos y periodísticos, Humor sigue encerrando un enigma superlativo: el hecho de que -a pesar de las amenazas de bomba, dos atentados contra Cascioli y decenas de juicios por calumnias e injurias- los censores solo calificaran algunos números como "de exhibición limitada" y la dejaran seguir creciendo, hasta llegar a vender varios cientos de miles de ejemplares... dos veces al mes. Solo en enero de 1983, cuando la dictadura empezaba a desintegrarse, la Junta ordenó el secuestro del número 97, que -tras un recurso de amparo- la editorial logró volver a poner en la calle para alcanzar un pico de 330.000 ventas.

"La revista tomó vuelo tan rápidamente que cuando la dictadura advirtió la magnitud del enemigo ya era demasiado tarde: Humor se había hecho tan popular que, aun para un gobierno de facto, resultaba difícil censurarla sin pagar un altísimo costo político", se explica en La revista Humor y la dictadura (Colihue), cuyas 480 páginas reúnen sus caricaturas más emblemáticas y textos que mantienen una actualidad dolorosa: la inflación, la deuda externa, los jubilados pobres, los déficits de infraestructura, la incomunicación.

"Algunos miembros del staff te reconocen que hubo más de inconsciencia que de heroísmo", revela Igal. Otras hipótesis plausibles son que la dictadura quiso evitar la mala repercusión internacional que ya había tenido con la expulsión del país del periodista y editor Jacobo Timerman en 1979, o el hecho de que sus provocaciones se hubieran filtrado entre las propias internas de la Junta. "Pero es evidente que subestimaron la publicación, y alguna vez le dijeron a Cascioli algo de los «dibujitos», por las caricaturas", agrega el periodista.


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CARLOS ULANOVSKY

Exiliado en México entre 1977 y 1983, Carlos Ulanovsky también recuerda su sorpresa al ver la primera tapa en junio de 1978. En pleno Mundial, César Luis Menotti aparecía caricaturizado con las orejas del ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, bajo el título "Menotti de Hoz dijo: «El Mundial se hace, cueste lo que cueste»".

El periodista elogia la valentía y el talento de aquel equipo para sortear los cerrojos de la dictadura.

"No me sorprende, ya que esa impronta y toma de riesgos venía de la mano de Andrés Cascioli, que pocos años antes había sido uno de los editores de la revista Satiricón. Humor no solo fue una revista de actualidad vista desde el humor, sino un faro intelectual en la oscuridad y una usina de inteligencia, tan necesaria en esos tiempos (...) Todo trabajador de medios que atravesó la dictadura aquí, trabajando en lo suyo con dignidad, y sin obsecuencia, merece mi mejor reconocimiento (...) Pienso en los más de cien periodistas asesinados y desaparecidos, y celebro a aquellos que resistieron escribiendo en el estilo de Humor, contando "lo más de lo menos permitido".

Menemismo y después

Desde 1986 hasta el cierre en 1999, Ulanovsky escribió la columna "En el medio", que hablaba de actualidad desde los medios de comunicación, en especial la TV. "La revista me ofreció el capital principal para cualquier periodista: un espacio sin ninguna clase de condicionamientos", dice el autor de Paren las rotativas, que -siempre alejado de la vanidad- reconoce haberle aportado "el ejercicio de mi oficio con honestidad e independencia".

No fue sencillo, plantea Igal a propósito de los años menemistas.

-Recordemos la "Ley Mordaza" [el proyecto de silenciar investigaciones críticas aumentando las penas por calumnias e injurias], los juicios por esos delitos o los intentos del menemismo por disciplinar con pauta publicitaria estatal, sobres o amiguismo. La revista tuvo más juicios -muchos de ellos los perdió- en esa época que durante los cinco años que circuló durante la dictadura. Pero no solo de funcionarios del gobierno, como Eduardo Menem o María Julia Alsogaray, sino también de Marcelo Tinelli [caracterizado en una tapa como un oficial nazi que apoyaba a Cavallo], Bernardo Neustadt [la revista debió indemnizarlo por "agravio moral" tras publicar retratos con desnudos sobre él y su exmujer] o Florencia Peña [en sexHumor la caricaturizaron con los pechos al aire y sugiriendo una relación con Diego Maradona].

Para Ulanovsky, aquella etapa marcaría un punto de inflexión más profundo.

-Desde los años 90, miradas, circunstancias y necesidades fueron cambiando la circulación del humor en los medios. Hoy, por efectos de un desacartonamiento generalizado, se ve que la ironía, la burla y el chascarrillo quedan en manos de muchos aficionados e improvisados. En programas como La noticia rebelde, Jorge Guinzburg veía con humor y preocupación que personajes mediáticos de variada laya, y en especial muchos políticos con sus presentaciones públicas, le enmendaban la plana a los verdaderos humoristas. La perplejidad de esos profesionales continúa, porque por más ingenio que pongan, les costará competir con las patéticas bufonadas de un Adorni o de un Espert, de las que reímos para no llorar.


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ARIEL TARICO

Claroscuros de una catarsis

"Trabajo desde el 99, y siempre el humor fue una válvula de escape", plantea Tarico. "Por mensajes en la radio, o la salida del teatro, el público me dice «gracias por hacerme reír a pesar de la situación que estamos viviendo». En 2008, cuando estaban los cortes de ruta por el quilombo de la [resolución] 125, empecé a hacer giras, y descubrí que, en todos los lugares adonde iba, el humor era como una catarsis. Siempre hay material, y la gente siempre está predispuesta a reírse de lo que pasa".

La línea de tiempo de sus influencias salta hacia atrás y hacia adelante: los monólogos picantes de Pepe Arias en el teatro de revistas, la irreverencia de Landrú en Tía Vicenta, los muñecos de Canal K, la parodia de Eduardo Duhalde a cargo de Juan Carlos "El Mini" Velázquez en Todo por dos pesos, del mismísimo canal estatal.

-¿Cómo sería tu abordaje perfecto de un político argentino?
-Lo sueño como una obra de teatro o una serie. Que se pueda ver la complejidad y las mil caras de un político. Porque creo que son como un poliedro: se van adaptando a cada época y cada situación, y cambian de discurso permanentemente, como una especie de Zelig, el personaje de Woody Allen.
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Cuando le preguntan por cambios y continuidades desde 1987, año en que empezó a publicar el chiste de tapa de Página/12 junto a Daniel Paz, Marcelo Rudaeff -más conocido como Rudy- contesta con desencanto.

-Permanece en lo más profundo que todo esto se trata de un gran chiste, de un gran absurdo. Lo que cambió es que eso está más a la vista, se le notan más las costuras. Hace 39 años éramos, o al menos era yo, más ingenuo. Creía en unas cuantas cosas en las que ya no creo.

-¿Cómo qué?
-A esta altura de mi vida ya no me puedo tomar a la política como algo serio, cuando veo que en lugar de ideas se debate nombres, que la ley no se cumple o que se cumple a medias. Pareciera que lo que se muestra y lo que sale en los diarios formará parte de un espectáculo, de algo cómico o tragicómico, muchas veces absurdo. Cuando yo era chico también se robaba, se mataba y se mentía, pero estaba mal. Cuando se acepta que no se cumpla lo que hay que cumplir, todo se vuelve un absurdo.

-¿Te resultó más complejo hacer humor durante los gobiernos kirchneristas, dada tu afinidad con el proyecto?
-Quizás era más complejo, pero no por ninguna afinidad que yo pudiera tener, sino por cierta percepción general de "qué es absurdo y qué no lo es". El humor que me gusta es siempre opositor, pero opositor al poder, que no necesariamente es el gobierno. Cuando poder y gobierno coinciden, es más fácil. Cuando los gobiernos tienen muy poco poder (como los que mencionás), primero tenés que aclarar eso.

-Si tuvieras que apelar a tu pasado como psicoanalista, ¿cómo definirías a algunos de nuestros expresidentes?
-El ejercicio de ese nivel político lleva habitualmente a tomar decisiones que cualquier buen análisis te impediría tomar. Sé que al menos uno se analizaba, pero visto y considerando su obra, dudo que le haya resultado efectivo.


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ADRIÁN LAKERMAN

Con matices similares, el guionista Adrián Lakerman advierte sobre el doble filo del humor político.

-Tiene una función bárbara, en relación a que puede ser horizontal, popular y transversal. Un cuadrito poderoso, con un buen chiste bardeando a un político, es mucho más fuerte y efectivo que una nota de Anfibia de 40 páginas, sin desmerecer. Ese efecto es espectacular, aunque también puede ser contraproducente. El humor es una catarsis: como no podemos hacer nada con un político corrupto, nos reímos de su pen drive. Pero también puede pasar que el personaje parodiado resulte tan simpático, que termine siendo popular y gane las elecciones, como [Francisco] De Narváez. Porque el humor acerca.

Aun así, el autor del libro Cómo pisar una cáscara de banana reivindica una tradición: el humor picante de Caras y Caretas y El Mosquito, la imaginación de Quino con Mafalda y -más allá del papel- los monólogos de capocómicos en la revista porteña, las imitaciones de Mario Sapag en los 80, Videomatch con "Gran Cuñado" y "Los Raporteros".

Y por encima de todos, Tato Bores.

-Es el símbolo del humor político argentino. Estuvo durante muchos años, en democracia y en dictadura, con mucha llegada a la gente, y un estilo donde él era el hombre común, como nunca entendiendo bien las cosas que pasaban en el mundo y el país. Y tenía una posibilidad bárbara, la de "hablar" con los presidentes por teléfono, preguntándoles cosas o haciendo chistes sobre cuestiones que uno también pensaba. Siempre con gracia, y con él como figura central, en un momento en que la tele empezaba a masificarse mucho.


El humor en la era libertaria

Un hombre desalineado, despeinado, sobre abrigado, megalómano, fijado en metáforas sexuales, enamorado de los Estados Unidos, obsesionado con el comunismo, el socialismo, la izquierda, los zurdos. Un hombre que dice que no odiamos lo suficiente a los periodistas, que hace funcionarios a personajes que insultaba hace cinco minutos, que se autodefine el mejor de todos, mientras todo se desploma a su alrededor. Como en el meme del perrito con sombrero que exclama "This is fine!", antes de que se lo devoren las llamas.

Sería divertido -sería, de hecho, un meme- si no estuviera ahí, en el despacho más importante de Casa Rosada.

-Es un momento nefasto para hacer humor con este presidente, por varias razones -enumera Lakerman. La primera: la crisis económica. No hay dinero para producción, ni espacios para hacer humor político. No hay guita para hacer ficción, no hay guita para hacer nada. La segunda: justo se da un gobierno de este nivel de autoritarismo, fascismo, discriminación, odio, neoliberalismo, misoginia, homofobia, en el momento en que cambiaron tanto las reglas de la comunicación, que cada persona tiene totalmente segmentada su forma de consumo. La gente ve lo que el algoritmo le da. No hay masividad. Un chiste que yo pueda llegar a hacer en un video equis, se lo voy a dar a la endogamia que quiere recibir ese video, esa idea. Y el gobierno tiene un aparato muy fuerte en redes sociales, como para amedrentar a cualquiera que quiera hacer algo en contra suyo. Hay mucho miedo de meterse en esos quilombos, algo que en momentos más democráticos no pasaba.

Y después hay una especie de competencia desleal con la figura del Presidente, que parece una parodia de sí mismo, una figura exacerbada, una caricatura. Eso lo vuelve todo más complejo. Cuando las cosas están así, el humor ya me empieza a no interesar tanto. Me importa que le pegan a los viejos todos los miércoles. No digo que no pueda hacerse humor con Milei. Se hace. Pero las condiciones están particularmente malas para hacerlo.

De parodias, redes y memes también habla Tarico.
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-[La red social] X es una revista satírica que se renueva minuto a minuto, segundo a segundo. A veces los memes te ganan. Todo es más inmediato, se hace mucho más rápido. Más allá de eso, vengo haciendo humor con todos los gobiernos. Es cierto que ahora hay material abundante. El Presidente es más gracioso que cualquier imitación que pueda hacer. Tanto Milei como Trump tiran cosas que por ahí son mucho más graciosas en los originales. A veces, de hecho, mi personaje es una versión más moderada (se ríe).

-¿Te había pasado antes?
-Sí. Durante la cuarentena, cada vez que aparecía el Trío Pandemia: Alberto [Fernández], Horacio [Rodríguez Larreta] y Axel [Kicillof]. Era muy difícil superar ese sketch. Y después era muy difícil competir contra declaraciones de Alberto, como lo de "Garganta Profunda" [cuando quiso mencionar a La Garganta Poderosa]. Siempre te superaba, aparecía con un furcio o una declaración más disparatada. A veces lo comentamos con colegas: los humoristas hablamos más en serio que la realidad. Pero bueno, ya estamos acostumbrados. Cuando se termina un período presidencial, siempre me dicen "más material que este no vas a tener". Y siempre aparecen cosas más increíbles.

Anuncian en la edición #167