ensayos

De Tener el Tiempo
Cómo la cultura digital modificó
la relación con el tiempo


Por Marta González Muguruza

TRAMA, el observatorio cultural de VML Argentina, dedicó su tercer volumen al tiempo. Sus autores, María Martín Sidrés y Federico Roales, explican cómo la cultura digital nos dejó con un presente deshabitado, por qué no hacer nada exige justificación y qué pueden hacer las marcas frente a esa disputa.
De Tener el Tiempo: Cómo la cultura digital modificó la relación con el tiempo
MARÍA MARTÍN SIDRÉS Y FEDERICO ROALES
AUTORES DE "DE TENER EL TIEMPO"

Hablamos constantemente del tiempo (o la falta de) y, paradójicamente, no tenemos tiempo de pensarlo. Por eso me interesó mucho la propuesta del volumen III de Trama: De Tener el Tiempo. ¿Por dónde empezaron?
María Martín Sidrés: Desde TRAMA nos proponemos reflexionar sobre los grandes debates de la época. Y rápidamente nos encontramos con un dilema omnipresente, que lo atraviesa todo: nuestro trabajo, nuestro ocio y nuestra vida cotidiana. Entre interrupciones, obligaciones y estímulos multipantalla, sentimos que cada vez es más difícil distinguir el ritmo propio de las cosas. La pregunta por el transcurrir del presente se nos volvía necesaria, incluso como reflejo contracultural, antes de que el ciclo de lo urgente nos volviese a distraer.

Crecer, acelerar, optimizar, automatizar parecieran imperativos de época. ¿Nos acostumbramos a vivir hiperventilados? ¿Cómo cambió nuestra relación con el tiempo la cultura digital?
Federico Roales: En la última década, la humanidad terminó por subordinar sus formas de vida a los flujos de la tecnología digital. Al aceptar una especie de inmersión colectiva en esta forma temporal que requiere disponibilidad constante, erosionamos nuestro vínculo con la realidad inmediata. Como resultado, creemos que el presente está deshabitado: vivimos con la sospecha permanente de que hay algo más importante que está sucediendo en otra parte, siempre lejos de nuestro propio metro cuadrado.
"Creemos que el presente está deshabitado: vivimos con la sospecha permanente de que hay algo más importante que está sucediendo en otra parte, siempre lejos de nuestro propio metro cuadrado."
FOMO. Todo, todo junto, todo el tiempo. ¿Cómo nos afecta una oferta y un tiempo que van a una velocidad a la que no podemos seguirle el tranco?
María: Tenemos dos grandes problemas: la estandarización de las interfaces y la ruptura de la sensación de continuidad. La interrupción estructura la vida cotidiana al nivelar sin jerarquías los memes, las noticias, la comunicación familiar y las transacciones comerciales. Por otro lado, esta incitación a la inmediatez y al consumo descartable suele generar un tipo de fatiga que es la consecuencia de nunca alcanzar esa completitud, porque siempre aparece algo nuevo sucediendo sobre lo cual tenemos que actualizarnos.

¿Estamos atrapados en el presente?
Fede: Más que atrapados en el presente, al estar tan pendientes de lo virtualmente mediato, terminamos por deshabitarlo. Es como que atrofiamos nuestra capacidad para percibir el entorno y conectar con la comunidad de cercanía en pos de una hiperconexión permanente a la esfera global.

"Si no olvido, moriré", cantaba Cerati. El hecho de que tengamos acceso casi inagotable y casi permanentemente a recuerdos, contenidos retro, archivos, cuando todo está siempre presente y nada termina nunca, ¿qué está en juego?
María: El pasado no desaparece, sino que es sometido a un pulso programado de manera artificial. A través de la nostalgia y de la cultura del revival, los recuerdos se transforman en una plataforma puramente estética. Nuestra experiencia se organiza de manera retrospectiva, seleccionando qué rememorar o qué extrañar. Una de las evidencias más claras son los resúmenes de fin de año de plataformas como Spotify: esta temporalidad hecha de fragmentos necesita de mecanismos preconfigurados para darle algún tipo de forma.
"Incluso la pausa empieza a hablar el idioma de aquello de lo que intenta escapar: ya no alcanza con detenerse; hay que saber detenerse. El tiempo vacío perdió legitimidad cultural."
¿Llegamos al punto donde para desconectar necesitamos un método?
Fede: Acá notamos una paradoja: por un lado, se nos exige estar al día con cada innovación tecnológica, dando por asumida una gestión individual y eficaz de sus usos; pero por otro lado, la propia industria ofrece una vertical entera orientada a la desaceleración. Lo que advertimos es que esta desconexión viene empaquetada con su propio método, entonces frenar también requiere una técnica, porque se construye la ilusión de que podemos gobernar nuestro tiempo, cuerpo y mente mediante el uso de más tecnología. Ahora contamos con aplicaciones diseñadas para monitorear las fases del sueño, contar calorías escaneando productos o medir el tiempo en pantalla, transformando el bienestar en una -otra más- métrica de rendimiento.

La concentración se vuelve un acto de resistencia. ¿Cuánto sufre el storytelling en este esquema?
María: En última instancia, la dispersión termina siendo un negocio y lograr enfocarnos requiere de un esfuerzo cada vez más grande. Las historias y los acontecimientos, salvo contadas excepciones, terminan adaptando su cadencia narrativa a estas audiencias cada vez más habituadas a relatos sobrecargados de estímulos. Al destruirse la tolerancia hacia la construcción pausada de una buena historia, el mercado de la atención reemplaza la profundidad de la experiencia por la velocidad del impacto.
"Al destruirse la tolerancia hacia la construcción pausada de una buena historia, el mercado de la atención reemplaza la profundidad de la experiencia por la velocidad del impacto."
El año pasado, en SXSW nos cruzamos con Bryan Johnson cuando presentaba su proyecto Blueprint para vivir para siempre. Sin llegar a esos extremos, la obsesión por la longevidad y, al mismo tiempo, la juventud eterna son aspiracionales de hoy, ¿no?
Fede: Este lenguaje de las métricas, protocolos, biomarcadores, suplementación y terapias complejas termina ilustrando una búsqueda contemporánea: hacer del cuerpo una plataforma de reversión temporal. Proyectos como Blueprint invitan a vivir como si el paso del tiempo pudiera ser negociado, ralentizado y corregido en cada una de sus variables. Esta lógica expresa el intento definitivo de desacoplar la vida de sus propios signos. Se capitaliza este deseo vendiendo soluciones de bienestar que demandan cada vez más tiempo, como rutinas de skincare de varios pasos, retiros de meditación o podcasts para aumentar la productividad. Hay una idealización del autocuidado que se vuelve inalcanzable para la mayoría.

¿Qué pasa con nuestro tiempo cuando cada vez decidimos menos cómo pasarlo? ¿Qué pasa cuando la tecnología empieza a ofrecernos algo para hacer, mirar o escuchar antes incluso de que sepamos qué hacer con nuestro tiempo?
María: Todo lo que sea ocio improductivo no está culturalmente aceptado. Descansar sin haber terminado una tarea parece una falta y no hacer nada exige una justificación. Incluso la pausa empieza a hablar el idioma de aquello de lo que intenta escapar: ya no alcanza con detenerse; hay que saber detenerse. El tiempo vacío perdió legitimidad cultural. No alcanza con apagar una pantalla si el mundo que esa pantalla organiza sigue operando: la desconexión no suspende la relación porque el régimen de disponibilidad capturó el trabajo, los vínculos, el descanso y, finalmente, la imaginación misma de una vida deseable.

"Las marcas podrían empezar a contar historias donde el tiempo vuelva a ser habitable y compartido, creando espacios de atención común que quiebren el scrolling y nos permitan, finalmente, volver a conectar con los otros."

¿Cómo se están transformando nuestros vínculos?
Fede: Nuestros vínculos se reconfiguran desde la presencia incompleta: el scrolling y el tiempo en pantalla nos quitan disponibilidad para los otros, pero esa supresión de la otredad parece resultarnos cómoda. Hoy, las horas de uso de los dispositivos móviles ya no nos sorprenden. Sin embargo, si atamos cabos y pensamos en la vida como un reloj de arena, podemos entender con claridad de dónde sacamos ese tiempo: de la reducción de las horas de sueño, de una menor intimidad sexual, de la caída en el tiempo de lectura de libros y de la pérdida de las juntadas grupales.

Señalaron casos como el streaming del Conicet, el funeral del Indio o lo que pasó después del partido contra España, como rarezas de otra lógica. ¿Por qué?
María: Algunas de estas escenas contemporáneas logran abrir fisuras en el engranaje temporal. El streaming del Conicet desde el fondo del Mar Argentino es un gran ejemplo: miles de personas reunidas en torno a una transmisión lenta, científica y casi hipnótica, donde la expectativa no estaba puesta en la velocidad del estímulo, sino en la posibilidad de que algo apareciera a su propio ritmo, sin una recompensa inmediata.

Si el tiempo es el territorio de disputa más sensible de la época, ¿qué pueden hacer las marcas?
Fede: Identificamos tres escenarios de acción concreta. Primero, revalorizar el trayecto como parte de un recorrido de vida, rescatando la importancia del camino frente a la urgencia de la meta. Segundo, resignificar las huellas del paso del tiempo como marcas de experiencia, proponiendo una alternativa a la cultura de la optimización que niega el envejecimiento. Y por último, contar historias donde el tiempo vuelva a ser habitable y compartido, creando espacios de atención común que quiebren el scrolling y nos permitan, finalmente, volver a conectar con los otros.

Muchas venden justamente tiempo: delivery, apps, automatización, IA. Si el tiempo ahorrado no queda vacante, ¿cómo debería cambiar esa promesa de eficiencia?
María: En todo caso, incluso aquellas compañías que venden tiempo pueden construir relatos que se enfoquen en el "para qué" del tiempo ganado: la optimización no es una búsqueda en sí, sino más bien un medio para obtener tiempo vacante que se puede aprovechar aprendiendo cosas, pasando tiempo en familia o reconectando con nuestras pasiones.

Las distopías pueden funcionar como entrenamiento y no solo como alarma. ¿Qué porvenir estamos produciendo? ¿Qué responsabilidad le cabe a la publicidad y al contenido de marca en las imágenes de futuro que repiten?
Fede: La pregunta por el porvenir es inseparable de una pregunta por el límite: el límite como condición para que algo pueda tener tránsito, dirección, movimiento y cadencia. El tiempo que viene está en disputa ahora, en cada escena que producimos, en las ideas que sostenemos, en los ritmos que de manera inconsciente naturalizamos, en los cuerpos que habitamos, en los relatos que repetimos y en los límites que negamos. El porvenir no es lo que aparece después. Es la chance irrepetible de que el presente deje de cerrarse sobre sí mismo.
Libro De Tener el Tiempo, volumen III de TRAMA

¿Qué es y cómo funciona TRAMA?

TRAMA es el observatorio cultural de VML Argentina, un espacio de investigación y pensamiento estratégico que analiza las transformaciones sociales, tecnológicas y culturales del presente para conectar las marcas con la época. TRAMA cuenta con cuatro volúmenes publicados, que a través de ensayos críticos abordan temáticas cruciales para reflexionar sobre nuestra era:

• Trama Vol. I: Íntima Ausencia - Mutaciones del Deseo (vínculos, cuerpo y el encuentro frente a la sobreoferta digital).

• Trama Vol. II: Cuerpo sin Cuerpos - Cartografía de una intervención (el cuerpo bajo la lógica de medición, rendimiento y visibilidad).

• Trama Vol. III: De Tener el Tiempo (cómo la cultura digital modificó la relación con el tiempo).

• Trama Vol. IV: ExistencIA de N@d13_404 (plataformas, datos, algoritmos y la construcción de la identidad).

Investigación y escritura: María Martín Sidrés y Federico Roales
Dirección editorial: Ronny Weter y Fabiana Antonelli
Link al ensayo: https://www.vml.com/es/insight/volumen-3-de-tener-el-tiempo

Anuncian en la edición #168