Frida vive en Malba Icono, obra y sociedad de consumo
Por: María Paula Zacharías Imágenes: Valentina Marozzi & Diego Neuman
En la muy comentada muestra de Malba Viva Frida no hay casi pintura de Frida Kahlo. Solo hay dos y son las mismas que vemos hace años en el museo, repetidas en cientos de selfies de los visitantes. Lo que se encuentra en las salas del segundo piso es el repertorio visual de una mujer convertida en ícono. Los materiales que hicieron de ella una heroína. Todo lo que la entronó como figura legendaria de la cultura, el amor, la moda. El arte.
En la muestra que celebra el 25.º aniversario del museo, reina la pintura que es su Gioconda: todos quieren fotos
con Autorretrato con chango y loro (1942), joya de la colección. Al lado, la triste Diego y yo (1949) pone épica al
romance más turbulento de la historia del arte latinoamericano: Frida llora y no puede sacarse de la cabeza al
muralista alfa Diego Rivera. Pero después, la exposición invita a admirar a Frida desde su tragedia personal, su
trayectoria amorosa, la resiliencia ante la discapacidad y, sobre todo, su guardarropa.
Las fotos la muestran bella con sus tocados de flores y los trajes de tehuana, posando como una modelo para los
fotógrafos del momento. Siempre fue una it girl. Enfrente, se ve el huipil amarillo vistiendo a un maniquí. Se
siente su presencia en esa sala donde mujeres de cartapesta y sin cara visten sus polleras, sus rebozos adentro de
una enorme vitrina: una pecera de Fridas fantasmales. Está el atuendo que inmortalizó Nickolas Muray en 1938 en esa
serie en la que Frida posa sensual, profunda, en sus vestimentas tradicionales, la pollera azul, el rebozo magenta,
eterno. El fotógrafo húngaro fue su amigo y amante durante años y la fotografió entre 1937 y 1946, y quizá por eso
es la Frida más hermosa la que capta su lente, amada.
Todo su imaginario se repite en las salas de la muestra presentada por la Semana de la Alta Costura Argentina y el
Museo Frida Kahlo de México, bajo la dirección general de Elina Costantini, declarada fanática y seguidora, al
punto de vestirse igual, llamar a su hija Kahlo Milagro y sacar una colección inspirada en su figura: en la tienda
se puede comprar un traje tehuano completo, zapatos y joyas inspiradas en el guardarropas de la mexicana. Sí, hay
también postales, libretas y láminas con las fotografías y dibujos que trae la muestra, además de tazas y remeras
con la frase "Pies, ¿para qué los quiero?".
La muestra incorpora dos colecciones privadas: la de Gannit Ankori y una colección privada de fotografías, y suma
más de 300 objetos y piezas originales. Están sus trajes, accesorios, aparatos ortopédicos, fotografías, cartas,
documentos de archivo, litografías, tarros de crema y frascos de perfume Chanel, carteras. Es muy similar a la que
se vio en el Museo de Bellas Artes de Houston y en el Victoria & Albert de Londres. Sus pinturas estuvieron hasta
hace pocos días en el MoMA y ahora viajan a Londres para exhibirse en la Tate. Solo en los días del aniversario del
museo, cuando la entrada era gratuita, pasaron por la muestra de Malba 25.000 visitantes.
"Frida no es solo una pintora: es un caso único de iconicidad, mito y cultura de consumo que no tiene precedentes
en la historia del arte", señaló a la prensa Mari Carmen Ramírez, experta en arte latinoamericano y curadora de la
muestra en Houston. "Frida fue una identidad fragmentada y multifacética: intelectual y mestiza, autodidacta y
sofisticada, heterosexual y bisexual. Esa flexibilidad permitió que distintos grupos se reconocieran en ella desde
lugares muy distintos", comentó.
La llamada fridamanía nunca se acaba: mientras su obra alcanza récords insospechados en las subastas
internacionales, la mujer de las cejas unidas es protagonista de películas, billetes, sellos postales, documentales
y exposiciones en todo el mundo, que son éxito de público. Los récords: Eduardo Costantini, el fundador del Malba,
marcó uno para la artista en subastas en 2021, cuando pagó por Diego y yo 34,8 millones de dólares en Sotheby's. La
misma casa de remates vendió en 2025 otra pintura de Frida por 54,6 millones: El sueño (La cama) (1940), y se
convirtió así en la obra de arte más cara realizada por un artista de América Latina y por las mujeres a nivel
global.
Las mil y una Fridas, la que vale millones y las que se repiten en pósters, llaveros, estatuitas, como parte de la
industria del merchandising, cobran humanidad en estas paredes y vitrinas.
A pedido de Elina Costantini, una paleta y un par de pinceles de los que se conservan en Casa Azul se exhiben en la
muestra de Malba. La mujer sufriente que sobrevivió al mal de amor y al mal dolor triunfa en sus pinturas y en el
recuerdo de la cultura visual de esta era. La exposición nos muestra la piedra angular de todo ese despliegue, que
son los objetos que rodearon a la mujer histórica, antes de convertirse en stickers. Y algo más: Frida usa su
apariencia como performance. Su manera de presentarse al mundo es una declaración de principios y de valor.
De niña, con el bozo ya incipiente, mira a la cámara desafiante con un gran moño en la cabeza. Frida es vanguardia
en la estética feminista. En otra foto es una nena sobreviviente de la poliomielitis y comienza a usar su
vestimenta como un manifiesto artístico y político: se viste con traje de hombre. Temprano en su vida comienza a
utilizar el vestido para expresar su identidad de género. Después de la polio, empezó a usar faldas largas para
cubrir sus diferencias físicas, y fue el comienzo de una relación muy importante entre el vestido y su cuerpo. Con
el tiempo, usará sus prótesis como bandera, las pintará y las mostrará como obras de arte. Eso también es Frida.
La primera sala muestra en fotografías a sus padres y su niñez. Llega hasta el dibujo de su accidente viajando en
autobús, cuando casi muere. Era apenas una adolescente cuando el colectivo en el que viajaba chocó contra un
tranvía y se rompió la columna vertebral, el cuello, las costillas, la pelvis. Sin poder moverse de la cama,
transformó su dolor en arte. Hizo el dibujo un año después, en 1926. "Este es el comienzo de la carrera artística
de la gran artista mexicana que conocemos hoy. Pero también fue el comienzo del deterioro de su cuerpo", señala
Circe Henestrosa, curadora de la exposición.
Otra escena la encuentra a los besos con Diego Rivera, en una foto que duele: ella está en cama, como tantas veces,
y pinta, besa, pinta. Frida vive y sobrevive. Es la sala que nos sumerge en el turbulento romance que no hizo más
fácil su vida. Cuando murió, en 1954, se había sometido a 35 operaciones, tenía una pierna amputada y había
abortado tres veces los hijos que soñaba tener con el gran amor de su vida, que la engañó hasta con su propia
hermana.
Se han escrito decenas de libros sobre su historia. En la mesa de novedades de las librerías nunca faltan libros
infantiles, novelas o gruesos tomos de imágenes. Nada más la editorial RM le dedicó en los últimos años más de una
docena de títulos: publicó sus diarios, un registro del baño por la fotógrafa Graciela Iturbide, otro de sus
vestidos por la artista japonesa Miyako Ishiuchi, una selección de cartas, poemas y textos, y Nunca te olvidaré,
los retratos de Muray. Lectura imprescindible: Frida: una biografía de Frida Kahlo, de Hayden Herrera, la biografía
más importante y exhaustiva sobre la artista mexicana, publicada originalmente en 1983 y reeditada hasta el
cansancio.
Hay en la sala un video de media hora que la muestra a Frida en Casa Azul, donde se guardan todos sus tesoros.
Están en el ingreso de la muestra algunos de los 300 judas que Frida y Diego coleccionaban y tenían por toda la
casa. "En esta casa ella creó un microcosmos con sus jardines, sus plantas, sus animales, sus exvotos, su arco
prehispánico, sus artesanías. Expresaba su mexicanidad", señala Henestrosa. Un puñado de esas pequeñas pinturas
devocionales de su colección acompañan la muestra. La pintura de Frida tiene algo de eso.
En las fotos de esta sala ya luce su traje de tehuana. "Frida decide portar este vestido al final de la Revolución
Mexicana. Tuvimos un ministro de Educación, José Vasconcelos, que dijo que México solamente podía salir del trauma
de la revolución a través de la promoción de la educación y la cultura. Él comisiona a los grandes artistas
mexicanos muralistas como Diego Rivera y José Clemente Orozco las escenas que enseñaban el México indígena, porque
él quería que el pueblo se sintiera orgulloso de sus raíces. Frida se alinea con esta ideología y escoge un vestido
del matriarcado del Istmo de Tehuantepec. En el sudeste del país, en el estado de Oaxaca, las mujeres están
vestidas así. Nosotros tenemos 68 grupos indígenas. Frida pudo haber escogido cualquier vestido, pero escoge al
final de los años 20 un vestido de mujer poderosa que le permite comunicar su mexicanidad. Le permite también
distinguirse de su muy famoso marido en un tiempo en donde el arte estaba dominado por los hombres", explicó la
curadora durante la inauguración.
También se relaciona con su discapacidad. El vestido se construye de una blusa o un huipil corto, una falda larga y
un tocado. Cuando está de pie, centra la atención en su torso y cabeza, y disimula su cuerpo roto y sus piernas
heridas. Las fotos y los trajes cobran otra dimensión. Son obra, porque Frida se viste de la misma manera en que
posa para las fotos y como elige autorretratarse en sus pinturas. Todo está encadenado. Incluso en la sala dedicada
a su discapacidad, donde se ven sus corsés, bastones y piernas ortopédicas, decorados con pintura.
Kahlo construyó su imagen como un lenguaje de expresión en el que convergen identidad, política, género y
discapacidad. Comprendió profundamente el poder de la autoconstrucción. "Ella encontró en el arte del vestido
vehículos creativos para poder lidiar con estas experiencias dolorosas. Los interviene como si fuera una segunda
piel, los pinta casi como un acto de rebeldía. En la cama sigue pintando porque eso la mantiene viva", explica
Henestrosa. La norma ética de las curadoras fue no mostrar nada que Frida no haya decidido mostrar en vida.
En 2004 se abrió una caja de Pandora: dos baños que habían permanecido cincuenta años cerrados en la casa
legendaria de Coyoacán. Los había clausurado Diego a la muerte de Frida, para resguardar la intimidad de Frida.
Adentro aparecieron corsés ortopédicos decorados, una prótesis de pierna con bota, muletas, medicamentos y batas de
hospital, además de 300 prendas de su guardarropa. Ese botín es lo que ahora muestran los museos del mundo.
Hay un dibujo que es génesis de la exposición: Las apariencias engañan (1934), desconocido hasta entonces. El
cuerpo maltrecho parece borrarse de un lado y florecer del otro, con una pierna más flaquita y su columna dolorida
contenida por un corsé. "Juega con esta idea de cubrir el cuerpo con esas telas preciosas, pero a la vez lo
descubre a través del arte y esta idea de cubrir y descubrir es algo constante", señala. Con todas estas ideas, ver
su guardarropas cobra otra dimensión. El dibujo tiene el mismo foco que la litografía Sin título (El aborto) (1932)
puesta al lado de las dos pinturas. Otra vez el cuerpo sufriente de Frida, pero ahora con un bebe al lado, y un río
de sangre corriendo entre sus piernas. Es la primera representación del aparato reproductor femenino en el arte.
Dibujarse el cuerpo después de cada trauma parece ser su forma de sobrevivir.